En los tiempos que corren, ser padres es una tarea difícil (según los que saben, lo fue en todas las épocas), pero si este hijo es un deportista, esta tarea puede complicarse un poco, sobre todo ante una idiosincrasia que no asigna a la práctica deportiva un gran valor cultural (que lo tiene, claro).

En la gran mayoría de los casos, la práctica deportiva es un medio, para la salud (es un clásico que los médicos nos sugieran la natación para casi todo), para sacar a los chicos de los tiempos muertos de la calle, para propaganda política, esos grandes juegos anuales, etc.

Pero la verdad es que si a una materia del colegio – 12  años entre primaria y secundaria – le asignamos poca importancia es a la Educación Física  y lo peor de todo es que muchas veces los mismos profesores nos dan la razón…

En general, existe un gran desconocimiento sobre el rol de la actividad física en el período de crecimiento y desarrollo de un niño, y más aún de la influencia sobre los caracteres que hacen al desarrollo de la personalidad (eso que vamos a necesitar toda la vida) tiene la práctica deportiva.

Por supuesto que un deporte puede ser una herramienta terapéutica, pero solo con los conocimientos adecuados. La practica deportiva per se es juego, no terapia.

De cualquier manera, no dejemos de decir que el juego es un elemento indispensable en toda nuestra vida, y el juego deportivo nos genera un contexto, un marco, con un elemento muy particular: la presión.

En efecto, la competencia es un factor inherente a la formación deportiva, pero nunca un objetivo. Sin embargo, muchas, demasiadas veces, debido a la falta de conocimientos imperante se confunde este aspecto y entonces la lógica de los resultados se impone, por encima de toda consideración.

Estas situaciones son particularmente visibles en las categorías promocionales de casi cualquier deporte, sobre todo en aquellos chicos con aparente talento para el deporte en cuestión. La frase « tiene condiciones » significa muchas cosas cuando son dichas de un entrenador a un padre.

En el artículo Deporte Infantil nos referimos a lo que para nosotros representa la práctica deportiva en la niñez, de modo amplio.

Cuando hablamos de un niño particularmente dotado para la práctica deportiva, en cambio, tenemos la responsabilidad de referirnos a un proyecto deportivo que debe desarrollarse desde la integridad de ese niño, desde el respeto a sus derechos como individuo, y que exige de las personas que forman el cuerpo técnico-institucional por un lado y sus padres por otro una alta inversión de energía.

Todo proyecto deportivo es por definición un proyecto económico.

Cada decisión tomada tiene un correlato económico, y nunca es inocua. Una carrera deportiva es el resultado de una suma algebraica de buenas y malas decisiones.

Un  proyecto deportivo que se precie tiende a llevar los márgenes de error a cero.

¿Qué información deben manejar los padres?

 Es difícil hacer una lista, pero tenemos claro que son parte indispensable de la mesa de decisiones, y por eso deben estar al tanto de la tendencia evolutiva del proceso de entrenamiento.

Las metas en el rendimiento solo pueden pensarse desde el marco del desarrollo de ese niño, y nadie lo conoce mejor que sus padres, que además son los únicos que pueden acercar al equipo de trabajo su historia de salud, otro elemento indispensable.

Sobre esta información puede diseñarse un programa de formación deportiva, entrenamiento, que debe bajar a la familia junto con información relevante del tipo de deporte en cuestión. Como ejemplo, deportes con altos componentes pliométricos generan microrupturas de tejido conjuntivo en cada entrenamiento, por lo que deben reponerse proteínas en la medida correcta de manera cotidiana para facilitar los procesos de recuperación y adaptación a las cargas altas en intensidad. De otro modo, con una cena pobre en proteínas, tendremos con los años una lesión crónica y un límite en la evolución deportiva.

Parece simple, pero si conceptos como éstos no son tenidos en cuenta, nuestra meta será la frustración.  

En nuestra experiencia, el primer rol a desarrollar por los padres es uno que ya tienen: la contención, pero adaptada al carácter cíclico de los procesos de rendimiento.

La adaptación a las cargas de entrenamiento sigue curvas predecibles según el nivel de desarrollo del niño, y a ella acuden variables tan obvias como la nutrición y el descanso, descanso en horas de sueño y descanso de la cuestión deportiva a través del cambio de actividad, otros intereses. Un alto desarrollo específico solo es compatible con la variedad de intereses que debe brindarse desde el entorno familiar.  

La tendencia es que los niños deportistas entrenan hoy en tiempo e intensidad lo que generaciones atrás entrenaban los adultos, lo que representa una carga emocional que no debemos olvidar, es acumulativa, por lo que todo estímulo familiar que descomprima esa cuestión es bienvenido.

La sobrecarga emocional por rendimiento, el estrés deportivo, no respeta edades, y muchas veces vemos a los padres más eufóricos por un triunfo o más deprimidos por una derrota que el propio niño, que solo espera el juego siguiente.

La relatividad de los resultados cuando estamos en tránsito de desarrollo debería discutirse siguiendo las pautas marcadas por el diseño de un programa. Los picos de rendimiento deben estar dirigidos, y en el caso de niños llegamos a ellos a través de señales, singularidades que aparecen en el comportamiento deportivo, y que deben ser detectadas por el cuerpo técnico. Normalmente, este comportamiento singular suele tener un correlato en lo cotidiano, en lo familiar, porque cuando un deportista evoluciona, evoluciona como individuo, como persona.
No olvidemos lo dicho en las primeras líneas: la presión es una constante deportiva que bien manejada podemos convertir en un estímulo evolutivo.

En fin, vivimos en una sociedad que no planifica, y en la que los técnicos encontramos a los talentos deportivos llegando a nosotros de la mano de sus padres. Les debemos nuestro diálogo y nuestra responsabilidad.